¿Nunca habéis tenido ansiedad por craftear? A mí me pasa muy frecuentemente: me paso todo el día con la cabeza en ebullición, fabricando ideas a toda velocidad, repasando mentalmente si tengo todo lo necesario para llevarlas a cabo; organizo proyectos, por orden de prioridad, y cuento los minutos que quedan para llegar a casa y ponerme manos a la obra (o a la aguja, la máquina o las tijeras, más bien). Hoy ha sido uno de esos días y el saldo es más que positivo. Además de una veintena (o más) de proyectos handmade pendientes, ya en el desayuno decidí que hoy por fin estrenaría la última máquina que he incorporado a mi colección de cachivaches: una etiquetadora de Artemio.
No es nueva mi facilidad para acumular herramientas sin estrenar en el armario, pero a esta le tenía muchas ganas por lo práctica que es. El funcionamiento es sencillo: trae dos discos, uno para mayúsculas y otro para minúsculas. Tras colocar la cinta adecuadamente, giras el disco hasta que la letra deseada quede en la posición correcta y, mediante presión mecánica, se graba la letra en la cinta.
Hasta ahora utilizaba una imprentilla que compré hace años en MUJI para plasmar mensajes sobre papel, principalmente. Con mi nueva etiquetadora, ¡¡se amplía mucho el horizonte de posibilidades!! Y tengo que darle las gracias a mi hermana pequeña, que acertó al elegir este regalo en la última edición del herman@-cuñad@ invisible que organizamos cada año para el día de Reyes. No sólo supo acertar, sino que además hizo alarde de su vena craft (es una pasión compartida) y decoró esta caja para mí:
La caja ya está repleta de cintas, washi tapes, troqueladoras, tijeras, sellos y pegatinas. Y hoy, oficialmente, he estrenado la etiquetadora con un objetivo claro: bautizar y personalizar la libreta Moleskine en la que voy guardando los proyectos pendientes, las medidas de los patrones de costura y los pasos de las recetas que me gustan. Desde hoy es mi particular FÁBRICA DE IDEAS.
¡Que fluya la creatividad!







